Por Eva Krafczyk y Maher Abukhater (dpa)

Entre el polvo y el pedregullo, la maleza espinoza y las montañas que rodean la ciudad de Nablus en Cisjordania, un avión asoma como si hubiera aterrizado de emergencia junto a una superficie hormigonada.

Pero el antiguo Boeing 707, cuyas alas y alerones traseros están pintados con los colores palestinos y jordanos, es en realidad la concreción del sueño de toda la vida de los mellizos Ata y Jamis al Sairafi, luego de décadas de preparativos.

Cuando en la cabina de pilotaje se escucha la frase “Listo para el despegue” por los altoparlantes, pasajeros y tripulantes saben que todo está preparado para que el avión comience en pocos minutos a rodar a toda velocidad por la pista para tomar altura.

Pero el avión de los mellizos palestinos no volverá a despegar. Y de todas formas ellos se sienten listos para arrancar con su proyecto.

Los hermanos, de 60 años, abrirán pronto un restaurante en el antiguo Boeing, pese a que la pandemia de coronavirus generó una turbulencia inesperada.

“En dos meses esperamos poder abrir el restaurante, inshallah (si Dios quiere)”, expresa ferviente Ata al Sairafi. Nacido cinco minutos antes que su hermano, es quien lleva la batuta en el proyecto de los mellizos.

Los Al Sairafi, que crecieron en el campo de refugiados Askar en Nablus, siempre estuvieron interesados en el turismo y el entretenimiento, pero durante años se ganaron la vida con la compra y el reciclaje de chatarra.

Fue así como se enteraron, hace casi 30 años, de la existencia de un Boeing de los años 80 ya fuera de servicio que se encontraba en desuso en la ciudad de Tiberíades, a orillas del mar de Galilea, en Israel.

“Su último vuelo con pasajeros partió rumbo a Berlín”, señala Al Sairafi.

Esto ocurrió hace mucho tiempo atrás pero de todas formas despertó la avidez de los mellizos, quienes quisieron comprarlo, no para desguazarlo como chatarra sino para acondicionarlo como un restaurante.

Al final, la compra concretada en 1999 resultó ser el paso más sencillo.

Lo complicado llegó después, porque para transportar el avión, del que se habían retirado los motores, los instrumentos de vuelo y los asientos, era necesario un permiso del aeropuerto israelí Ben Gurion. Y para trasladarlo se necesitaban vehículos especiales y cortar varias carreteras.

“Fue bastante complicado, incluso hubo que talar árboles para que pudiera pasar el avión”, recuerda Al Sairafi. El hecho de que en el lugar donde ahora está ubicado el avión se instalara durante un tiempo un depósito del Ejército israelí tampoco ayudó demasiado a la iniciativa.

Israel ocupó Cisjordania y Jerusalén Oriental en 1967. Los palestinos, por su parte, quieren estos territorios como parte de su propio Estado palestino. El segundo levantamiento palestino, la Intifada, retrasó la remodelación del avión como restaurante, prevista originalmente para principios del milenio.

Cuando el terreno fue nuevamente liberado para usos civiles, llegó la pandemia de coronavirus y sumió los planes de los hermanos en nuevas turbulencias.

Pero los mellizos lograron acondicionar el interior del avión este año, durante la primavera y el verano boreales.

“Por el coronavirus, nuestro restaurante puede recibir por el momento solo 35 visitantes”, explica Al Sairafi. “Instalaremos la cocina abajo, en tierra, y subiremos la comida con un elevador”.

Hasta que se inaugure el restaurante, los hermanos pueden recibir a sus clientes en tierra con café, té o refrescos. La zona también sirve como bar de shisha (pipa de agua) con grupos de mesas bajo sombrillas con vista al Boeing, cuyas alas se elevan sobre los huéspedes.

Hay que reconocer que, con su combinación de mesas de plástico rojo y sillas de plástico blanco sobre moqueta gris, el futuro restaurante recuerda más a las cafeterías de diseño muy económico de los aeropuertos que al ambiente lujoso de los salones de primera clase.

De todas formas, el proyecto es una atracción para los habitantes de Nablus, que no cuentan con un aeropuerto propio.

Con los ojos muy abiertos, un niño pequeño atraviesa el avión de la mano de su padre. “La gente paga una entrada para visitar el avión”, afirma Ata al Sairafi. Esto no genera tantos ingresos como un restaurante, pero sirve como publicidad boca a boca.

“Los visitantes se toman selfies delante del avión, o adentro”, relata en tanto Jamis al Sairafi. “Y el avión se convirtió en un sitio popular para las parejas de novios para sus fotografías de boda”, agrega.

Los hermanos han invertido hasta el momento unos dos millones de shekel, que equivalen a unos 530.000 euros o unos 625.000 dólares, en la empresa.

Dado que Cisjordania no es precisamente un destino del turismo internacional, los mellizos apuestan a que los locales quieran disfrutar de una comida en un entorno poco habitual.

¿Será rentable la empresa? Ambos hermanos confían en que pronto podrán despegar. “Fue un gran riesgo”, admite Jamis al Sairafi. “Pero hemos puesto el corazón en ello”.