– Este miércoles se celebra el Día Nacional del Trasplante con España al frente del ranking mundial de donación de órganos

– Pablo Delgado de la Serna relata su historia tras «31 operaciones y tres trasplantes de riñón fallidos»

MADRID, 29 (SERVIMEDIA)

España es líder mundial en trasplantes. Un éxito descomunal como país fruto de un mérito colectivo. Porque no hay trasplantes sin un sistema sanitario perfectamente coordinado y con profesionales de alta calidad. Pero sobre todo no hay trasplantes sin la solidaridad de los donantes y de las familias que, en medio de un drama, demuestran generosidad y regalan vida a otras personas que esperan una segunda oportunidad en el corredor hacia la muerte.

Pablo Delgado de la Serna es una de esas personas que sigue viva gracias al milagro español del sistema nacional de trasplantes. Nació con una enfermedad que en 1977 se consideraba una sentencia de muerte. El reflujo urovesical provoca que parte de la orina fluya en dirección equivocada después de entrar en la vejiga. Así que a los 17 años le hicieron el primer trasplante. Ahora tiene 46 y lleva tres cambios de órganos. Uno de los trasplantes le duró una semana, otro siete años y el último quince.

«Llevo 31 operaciones, tres trasplantes de riñón fallidos, ocho años diálisis, una pierna amputada y alto riesgo de perder la que me queda», relata Pablo en una entrevista a Servimedia sin perder la sonrisa. «Van a hacerme en breve dos importantes operaciones para intentar salvarme la pierna porque apenas tiene riego sanguíneo. Están manteniendo la pierna a ver si aparece alguna técnica que permita salvarla. Si no, la amputarán».

Sus riñones no funcionan bien, por lo que necesita diálisis desde niño. «Es durísima y agotador. Me impide hacer un montón de cosas, no puedo beber más que medio litro de líquido al día. Es muy complicado pero si no tengo diálisis me muero. Así que ¡bendita diálisis!», añade con ese espíritu de supervivencia que la vida le ha regalado. O mejor dicho, que el sufrimiento le ha obligado a cimentar. Porque «la vida no viene como viene». Su lema es que «la vida viene como uno decide que la afronta».

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Esta visión la dejó plasmada por escrito durante la pandemia. En pleno confinamiento, ante las dificultades y los riesgos de asistir a diálisis para limpiar la sangre, empezó un blog y un videoblog en los que narraba sus pasos. «Cuando te llega una de estas enfermedades tu misión es subsistir. Y subsistir ya es un regalo». ‘Diario de un trasplantado’ es más que el diario de la ausencia de un órgano vital. Son las reflexiones de alguien que quiere superar la dificultad.

Este fisioterapeuta y profesor de Anatomía y Biomecánica en la Universidad Francisco de Vitoria reconoce desde el corazón que «el trasplante es un regalo». «Yo, desde los 16 años, si no estoy trasplantado o en diálisis me muero, mi cuerpo no aguanta ni una semana». Su caso es uno de los más de 134.000 que han recibido un órgano en España desde la década de los 60. Según los datos oficiales de la Organización Nacional de Trasplantes (ONT), más de 83.000 personas han recibido un trasplante renal, como Pablo Delgado de la Serna. Su maratón comenzó muy pronto. Pero hay protagonistas de todas las edades.

El año pasado el 5% de los donantes superaban los 80 años. Los órganos de octogenarios también dan vida y sirven para regalar esperanza a otras personas, incluso de avanzada edad. De hecho, el donante más longevo en 2022 tenía 90 años y sus órganos fueron trasplantados con excelentes resultados gracias al perfeccionamiento de un sistema que va camino de celebrar su 35º aniversario.

LÍDERES EN GENEROSIDAD

Pero el verdadero éxito radica en la solidaridad de los donantes. La cultura de la donación ha ido creciendo y creciendo en España con el paso de las décadas. No es fácil pensar en otros en medio del trance de perder a un familiar. Pero cada vez más gente lo hace y regala vida a desconocidos cuando está despidiendo a un ser querido. Ese espíritu solidario y generoso es el que sitúa al país al frente del ranking mundial.

La tasa en 2022 fue de 46,3 donantes por millón de habitantes, según los datos oficiales del Ministerio de Sanidad. La cifra multiplica por cuatro la de Alemania y por dos la de otros países altamente desarrollados como Suecia, Italia, Reino Unido y Francia. España está a la cola de Europa en productividad o empleo juvenil. Pero en trasplantes arrasa y multiplica por más de dos la media comunitaria de 19,5 donantes por millón de habitantes.

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Más allá de la estadística, la cara de esta realidad tiene el rostro de los quienes reciben el trasplante. Sobre todo, cuando funcionan. Pero en el caso de Pablo no ha sido así. Sin embargo, su diario ni es un compendio de dramas ni aspira a convertirse en un manual de actitud. Sus artículos están repletos de sinceridad y de un comportamiento que no es inquebrantable pero sí muy firme. «Es verdad que no hay otra opción, si uno quiere vivir, aunque no significa que no podamos quejarnos nunca, porque sería absurdo».

«Todos tenemos nuestros problemas, los míos son estos, pero hay otros». Pablo recuerda a un amigo del colegio que durante la pandemia de covid-19 murió por un problema de salud más grave. «Imagino que Javier renunciaría a las dos piernas y hasta a un brazo por estar aquí. Con su mujer, con sus hijos y con sus amigos», recuerda agradecido por seguir viviendo después de tres trasplantes fallidos, más de una treintena de operaciones, de perder una pierna y estar a punto de perder la otra.

«Hay gente que prefiere no pasar por el trauma», explica. ¿El trauma de recibir un órgano que puede funcionar? «Sí, porque cuando estás en la lista de trasplantes, a veces te llaman y luego te vas de vacío. Como no se sabe hasta que te hacen las pruebas, en principio convocan a tres posibles receptores y después puede resultar que no seas el elegido. Eso hay mucha gente a la que le hunde», explica.

PONER NOMBRA A UN MUÑÓN

Pablo afrontaba cada proceso como «una motivación porque significaba que había una posibilidad». «Si no te convocan para jugar un partido, es imposible que juegues», añade en un símil deportivo. Él considera que tiene suerte de alguna forma porque podrá conseguir una prótesis si pierde la pierna que le queda y, lo más importante, podrá seguir disfrutando de la vida con su mujer y su hija. No pudo escoger quedarse sin una pierna pero sí cómo afrontarlo porque sabe que «lo que me puede matar es mi problema renal y no recibir un trasplante». Tanto es así que al muñón de la pierna amputada le puso nombre: Blas. «Es una manera de integrarlo en la vida, de que sea uno más y normalizarlo», apostilla.

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En ‘Diario de un trasplantado’ no hay artificio. Pablo relata con claridad los problemas, los miedos y las frustraciones, pero también sus victorias. Disfrutar de la vida porque está vivo. Luchar porque quiere seguir estándolo. Ayudar a otros a entender limitaciones y afrontar dificultades. Da gracias a quienes donan órganos porque gracias a gente así ha llegado los 46 años y espera seguir disfrutando junto a su familia mucho más tiempo.

Aduce que donar órganos «es una manera de seguir vivo en el cuerpo de otro». «Al menos para mí el órgano que me dan es algo sagrado porque es un trozo de vida de una persona. Cuanto más lo cuide y más me dure mejor homenaje le hago a la persona que me lo regaló». Pablo ensalza que «España es un país muy solidario» y subraya que «donar un órgano es el mayor acto de generosidad una vez que has muerto a alguien que no te conoce y que nunca te lo podrá agradecer».

Al final, se trata de asumir y agradecer el regalo de la vida. Asegura que mirar al futuro con una enfermedad «no es fácil» pero cuando es posible gracias al órgano donado por otra persona se convierte en «una sensación indescriptible de gratitud». Se puede caer, llorar e incluso hundirse pero Pablo lo aprovecha «para coger fuerzas de una forma más optimista» porque «el sufrimiento no desaparece» «pero no podemos ver sólo lo malo». Su receta es «cambiar los por qué por para qué» y entender que ese cambio de mirada hacia la adversidad, hacia el dolor e incluso hacia el sufrimiento «da sentido a la vida».