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"Cuando sin buscarlo / ni pretenderlo / algo te embarca / rumbo a la locura, / lo dejas todo, / nada te frena, / lo que más sueñas / es tener una aventura / que te cambie / los papeles...".
(Café Quijano. 'Sangre negra', en 'La extraordinaria paradoja del sonido Quijano'. Editado por WEA)
Los versos de la canción de Café Quijano hablan de amor, pero fuera de contexto vienen al pelo de la situación que vive León, en cuyo Ayuntamiento se debatirá este viernes la moción de censura contra el alcalde socialista, Francisco Fernández, presentada por el PP y los dos concejales ex UPL -en la actualidad, no adscritos-. Y es así porque lo que se vive estos días en el Consistorio leonés es una historia de amores e infidelidades -políticas, claro-, de guiños y rencores... en definitiva, un esperpento impropio de un ayuntamiento moderno.
León se juega mucho el viernes. Se juega no sólo la continuidad de un equipo de gobierno o el cambio de política, sino -sobre todo- la credibilidad. Los cruces de acusaciones de las últimas semanas, que han dado al traste con la colaboración institucional del PSOE con la Junta, y el baile de dichos y desmentidos no han hecho más que emponzoñar el ambiente, el más cercano a la sociedad y el que más se debería aplicar en el servicio a los ciudadanos.
Lamentablemente, la imagen que están dando los políticos leoneses es justo la contraria: afán de poder, intereses partidistas y poca reflexión sobre lo que es mejor para la ciudad y sus habitantes. Claro que esta actitud, que es más común de lo que parece, tiene su origen en los defectos del sistema electoral español. En las últimas elecciones municipales, el PP fue la fuerza más votada en León y perdió la alcaldía que le correspondía por voluntad de los ciudadanos, gracias a la coalición que formaron el PSOE y la UPL. Tan ilegítima era esa coalición como la que ahora forman PP y los concejales no adscritos para devolver el poder a los primeros.
El sistema electoral español es imperfecto. Mucho se ha hablado del voto a los candidatos -y no a los partidos- y de que gobierne quien obtenga mayor número de votos, dos propuestas a las que los partidos políticos no son favorables y que, sin embargo, son más justas con la voluntad popular. No es de recibo que quien queda en minoría pueda ocupar el lugar que la mayoría reserva a otra formación, gracias a acuerdos con otros partidos que, en otras circunstancias, no serían ni siquiera afines. Como tampoco lo es que los electores deban conformarse con candidatos incluidos en listas cerradas, que no siempre demuestran su capacidad.
Es urgente acometer la reforma que necesita el sistema electoral, tanto como hacer cumplir el Pacto Antitransfuguismo para que ediles que abandonan la formación por la que fueron elegidos no puedan ocupar posiciones de fuerza en los ayuntamientos, convirtiéndose en la llave de la gobernabilidad. Es falso que un concejal que abandona su partido -como fue el caso de los no adscritos en León- deba permanecer en el cargo, ocupando escaño por otro grupo, porque los ciudadanos le han elegido. Desgraciadamente, los españoles votamos a partidos políticos, no a sus candidatos, aunque éstos representen un fuerte tirón para los indecisos. El escaño es, por tanto, del partido. Y, desde ese punto de vista, la moción de censura que se apoya en dos concejales no adscritos es ilegítima.
En este asunto, sin embargo, ninguna formación ha sabido estar a la altura de las circunstancias. Por mucha razón que tenga el PSOE, debería recordar en qué circunstancias ocupó la alcaldía leonesa y debería reflexionar sobre lo responsable de la decisión de romper sus relaciones institucionales con la Junta. Como siempre, los que pagan esa ruptura son los ciudadanos, los auténticos afectados por las consecuencias que la decisión tenga sobre la política castellano-leonesa. ¡Y ya está bien!
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