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Circular por muchas calles de León y algunas carreteras de su periferia supone una dura prueba de resistencia para los coches y para la paciencia de los conductores. En numerosos tramos el asfalto ha desaparecido, dejando agujeros que maltratan los neumáticos, las llantas y las amortiguaciones. Cierto es que León -pese al crecimiento en el que se encuentra inmersa- es todavía una ciudad pequeña que permite ir caminando a muchos lugares, pero el estado de las carreteras denota una dejadez que se arrastra desde hace mucho tiempo.
El Ayuntamiento de León se va a gastar este año 1.007.469,64 euros en el asfaltado de más de cien calles durante el mes de agosto. Está bien la medida y es tradicional aprovechar el mes vacacional por excelencia para llevar a cabo los trabajos de reparación del firme. Pero es escasa porque son muchas más de cien las calles que necesitan un arreglo urgente. Las calles del centro, las que llegan a los nuevos barrios del norte de la ciudad y varias carreteras que enlazan León con poblaciones cercanas piden a gritos una rehabilitación. Bien sea competencia municipal o de alguna de las dos administraciones regionales -la Diputación Provincial y la Junta de Castilla y León-, es hora de que se acometan obras urgentes de reparación del firme.
El arreglo de las calles es importante porque va más allá de la comodidad de los usuarios o de la estética de la ciudad. Unas calles en mal estado multiplican el riesgo de accidentes. Los volantazos para evitar los agujeros en el suelo, la circulación en 'eses' por el mismo motivo y el daño que los baches y agujeros hacen a la mecánica de los coches suponen un riesgo importante para el tráfico, que las administraciones públicas tienen el deber de evitar.
Se habla mucho de si en la accidentalidad del tráfico es más importante la actitud de los conductores, la potencia y velocidad de los vehículos o el estado de las carreteras. España no se ha distinguido nunca por el buen estado de sus carreteras, y a la pruebas me remito. Basta viajar de Madrid a Logroño, pasando por Burgos, para comprobar que ni el Ministerio de Fomento ni la Junta de Castilla y León prestan la más mínima atención a Burgos. Es llamativo el cambio que se produce al abandonar Burgos por la N-120 para entrar en La Rioja: en cuestión de centímetros se pasa de circular por una pista de autocross a rodar por una carretera bien asfaltada, sin baches y con buena señalización. Algo parecido ocurre cuando se realiza el mismo recorrido por la A-2 hasta Medinaceli y por la N-111 hasta Logroño, pasando por Soria.
Parece que para el Ministerio de Fomento sólo existiera Madrid. Pero también parece que para la Junta de Castilla y León sólo existe Valladolid. El problema es que, en el ámbito local, la dejadez que demuestran esas dos administraciones se puede contagiar a los ayuntamientos. La administración local no ha contado nunca con medios económicos suficientes para atender las necesidades de sus administrados, pero hay ayuntamientos que saben establecer prioridades y otros que gestionan mal. El abandono de las calles y carreteras de competencia municipal es un ejemplo de mala gestión que, además, tiene consecuencias sobre la seguridad del tráfico. Por eso hay que exigir a los responsables municipales que realicen un completo estudio detallado del estado de todas sus calles, que relacionen todos y cada uno de los baches y agujeros, y que valoren con objetividad el peligro que representan para establecer prioridades.
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