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Se ha celebrado este sábado el Día Internacional contra la Violencia de Género, con datos escalofriantes sobre las consecuencias del maltrato doméstico y anuncios de nuevas iniciativas encaminadas a contrarrestar el avance de la violencia contra las mujeres. Y es que la violencia de género avanza y frenarla es tarea de todos.
La violencia de género es un problema complejo difícil de resolver. Requiere voluntad de atajarlo y, sobre todo, un enorme esfuerzo económico que garantice a las víctimas la protección que necesitan y a los encargados de luchar contra el maltrato, los medios necesarios para hacerlo. En la España de hoy aún quedan policías y jueces -por no hablar del común de los ciudadanos- que piensan que el maltratador tiene justificación porque defiende una posición de poder y que la víctima se merece el maltrato.
Vivimos en una sociedad enferma en muchos sentidos y en mundo dividido en lo relativo a las mujeres, lo que dificulta la erradicación de la violencia. Resulta sorprendente que en Internet, lo más visto sea pornografía; páginas donde la mujer es un objeto, cuando no una víctima consentida de las prácticas más aberrantes. Las unidades de la Policía y la Guardia Civil encargadas de luchar contra el tráfico de mujeres y la pornografía infantil saben mucho de esto, y también de lo difícil que resulta actuar contra los promotores de estas prácticas.
Hace falta educación, una nueva generación de españoles enseñados en la igualdad entre los sexos. Y acabar con las situaciones de todo tipo que consideran a la mujer como un ser inferior: los salarios más bajos, la explotación laboral, la publicidad sexista... Es necesario inculcar en la sociedad el convencimiento de que todos somos iguales en nuestras diferencias.
Pero, además, es necesario dotarnos de infraestructuras y medios económicos suficientes para atender a las víctimas cuando nada ha podido evitar la violencia. En este sentido, es urgente concienciar a policías y jueces de la importancia del maltrato psicológico: el que no produce moratones ni deja brazos rotos pero anula interiormente, un tipo de maltrato que -los psicólogos lo saben- es mucho más difícil de curar porque se aferra al espíritu y tarda años en desaparecer... si desaparece.
El Gobierno ha anunciado la aprobación de un plan nacional de sensibilización contra la violencia de género basado "en la exclusión social del maltratador". Bienvenido sea. Pero junto a la exclusión social del que maltrata, hacen falta pisos de acogida, medios para la protección física de las víctimas, recursos para su integración social -de ellas y de sus hijos, víctimas también de la violencia- y, sobre todo, comprensión y seguimiento.
Comprensión porque son muchas las víctimas de maltrato que vuelven con sus torturadores, con los hombres de los que dependen económica y emocionalmente. Mujeres a las que no se puede abandonar a su suerte con la excusa inocente de que saben lo que hacen y es lo que quieren. Hay que mantener el seguimiento de esas víctimas que, en la práctica totalidad de los casos, vuelven a sufrir agresiones. Y hay que estar cerca de ellas para protegerlas al menor indicio de que son maltratadas de nuevo.
La sociedad no puede justificar de nungún modo la violencia de género. Ni la que se ejerce contra las mujeres ni -no lo olvidemos- la que sufren algunos hombres. Es tarea de los legisladores aprobar reformas que garanticen el castigo para los maltratadores y la protección de las víctimas. Es tarea de los jueces aplicar las leyes con rigor, siempre en beneficio de las víctimas. Y es tarea de todos estar alerta y denunciar los casos que a menudo no se quieren ver porque la sociedad no quiere problemas. Sería bueno que, con la ayuda de todos, nunca más se tuviera que celebrar un Día Internacional contra la Violencia de Género.
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