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Despidos procedentes
José A. Martín - Editor

El bochornoso espectáculo servido la tarde del miércoles por los diputados de PSOE y PP en el Congreso no es más que la gota que colma el vaso de una situación que no admite más paños calientes: este país está sumido en una campaña electoral permamente que, a todos los niveles -desde los ayuntamientos al Parlamento nacional-, impide a quienes gobiernan ejercer sus funciones y a quienes no tienen responsabilidades políticas, hacer oposición. Da lo mismo que España llore a sus muertos el 11-M o a quienes perdieron la vida intentando apagar un incendio, que se hable de política municipal o de nacionalismos desaforados... aquí, el recurso a la exigencia de responsabilidades políticas y al desprestigio del contrario se ha convertido en algo tan arraigado como el recurso al psicoanalista de los argentinos típicos o al abogado de los estadounidenses igual de típicos.

Aquí se exigen responsabilidades políticas por todo, pero nadie las pide por no gobernar o por no hacer la oposición responsable para la que se elige a unos y a otros. Los políticos han convertido su actividad en un juego de excusas y acusaciones, de justificación de sus propias deficiencias y de señalamiento de los errores de los demás. Y eso no es para lo que son elegidos. Las urnas llevan aparejado el compromiso de gobernar para el bien general -incluido el bien de quienes no votaron al Gobierno de turno- y el de hacer una oposición responsable, capaz de reconocer los aciertos y apoyarlos con el mismo ímpetu con que se critican los errores.

Afortunadamente, las Fuerzas de Seguridad y la Justicia no se han contagiado de esta 'enfermedad' de los políticos. Gracias a eso se ha avanzado en el esclarecimiento de la mayor masacre cometida en España o, ahora, en la investigación del gravísimo incendio de Guadalajara. Es bueno que quien se sienta responsable de su actuación -por no haber sido aplicado o por convencimiento moral- dimita de su cargo, como ha hecho la consejera de Medio Ambiente de Castilla-La Mancha. Pero de ahí a ofrecer un espectáculo como hasta ahora sólo habíamos visto en sesiones de las lejanas Georgia o Chechenia, de países iberoamericanos con mucha menos experiencia democrática que el nuestro o de parlamentos africanos, hay un largo camino.

En política no vale todo. Los españoles esperamos de nuestros políticos que sean responsables, que conserven la calma cuando en la calle se alteran los ánimos y, sobre todo, que respeten al contrario. Porque nadie está en posesión de la verdad absoluta y el desprestigio permanente del opuesto es una falta de respeto inaceptable a la masa social que apoya a ese contrario, una parte de la ciudadanía que también ejerce su poder en las urnas y merece el máximo respeto de sus elegidos y de aquellos a quienes no votó.

Puesto que los políticos han tocado fondo y se han convertido en una especie carente de principios, falta de vergüenza e interesada sólo en su particularidad, proponemos que los despidan a todos, que se les inhabilite indefinidamente y que se dé paso a una nueva generación de políticos sin pasado capaz de devolver a este país su confianza en un sistema que, de la mano de quienes ahora nos gobiernan, hace agua. Y serían despidos procedentes.

jamartin@leondigital.com.es


 
 
 
 

 

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