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Casi tres años después de los sangrientos atentados que hirieron a España, se celebra en la Audiencia Nacional el juicio contra los supuestos responsables, ejecutores y colaboradores en los ataques del 11-M. Las bombas colocadas en los trenes que aquella mañana se trasladaban -o estaban a punto de hacerlo- entre Alcalá de Henares y Madrid sembraron el horror entre los españoles y abrieron un tiempo nuevo con repercusiones en lo político y, sobre todo, en lo personal.
Quienes tuvimos ocasión de visitar las estaciones de Santa Eugenia, El Pozo y Atocha para encontrarnos con los trenes destrozados, los cadáveres tendidos y la procesión de ambulancias y coches fúnebres, pudimos darnos cuenta de la magnitud de la tragedia. Para las víctimas directas de la masacre, fue peor. Afortunadamente, los españoles dieron una auténtica lección de solidaridad y civismo: un apoyo en medio de tanto dolor.
Curiosamente, en aquellos momentos importaba poco si los atentados eran obra de ETA o de cualquier otros grupo criminal. Lo verdaderamente importante era apoyar a las víctimas y asistir a sus familiares, acompañarlos en su búsqueda de los 191 ausentes y 1.824 heridos; sembrar esperanza y dejar fluir el llanto.
Desde entonces han pasado casi tres años y aquel espíritu quedó pronto desplazado por la utilización partidista de los atentados y las intoxicaciones constantes en torno a la investigación. Ahora se celebra el juicio contra los 29 procesados por su relación con la masacre. No están todos, pero el proceso judicial servirá para cerrar heridas. Si se cumplen las previsiones, a finales de año habrá sentencia y este país podrá respirar tranquilo porque se habrán conocido los detalles de la investigación -los auténticos, no los filtrados interesadamente- y se habrá castigado a quienes resulten culpables. Podremos cerrar página y enterrar de una vez y para siempre el capítulo más negro de la reciente historia de España.
Es el turno de la Justicia. Conviene dejar trabajar al tribunal y tener muy claro quiénes son los enemigos en la lucha contra el terrorismo, porque cualquier intento de intoxicación es a los criminales a quienes sirve. La vista es pública y este país merece conocer los detalles de aquella masacre directamente de la investigación que han llevado a cabo las Fuerzas de Seguridad y los jueces, sin interpretaciones de políticos o periodistas. El camino hasta este juicio ha sido largo y doloroso; tenemos la ocasión de dar muestra una vez más de madurez, honestidad y democracia. No perdamos la oportunidad que se nos ofrece.
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