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La hora de la verdad
José A. Martín - Editor

Dice el Gobierno que Salamanca "va a marcar un antes y un después" de las cumbres iberoamericanas. ¡Ojalá! Porque, hasta ahora, estos foros regionales impulsados desde 1991 por los sucesivos gobiernos de España han servido para bastante poco, hasta el punto de que ninguno de los países iberoamericanos ha tenido nunca el más mínimo interés en desarrollar mecanimos de control del cumplimiento de los acuerdos adoptados. En esta ocasión -la segunda en que la Cumbre Iberoamericana se celebra en territorio español-, la reciente creación de la Secretaría General Iberoamericana, que ostenta el uruguayo de ascendencia española Enrique Iglesias, pretende corregir ese error.

Porque es un error debatir sobre los problemas de Iberoamérica y no aplicar los compromisos adoptados, como se ha hecho frecuentemente antes de ahora. Cabría pensar que es difícil poner de acuerdo a una veintena de países con problemas muy importantes e intereses dispares, países que en algunos casos están enfrentados entre sí por cuestiones territoriales o de seguridad.

Iberoamérica sigue anclada en un punto del que depende su futuro a corto, medio y largo plazo, un punto en el que hay que definir objetivos: el desarrollo y la consolidación de la democracia o el fin de la inestabilidad permanente. Y es el momento de que Iberoamérica se decida a hablar con una sola voz para hacer frente al empuje de Estados Unidos, la Unión Europea, China o Japón; el momento de que los países al sur de Estados Unidos abandonen las tutelas para avanzar en su propio desarrollo.

La ausencia de cinco presidentes -Cuba, Ecuador, El salvador, Guatemala y Nicaragua- en la Cumbre de Salamanca es el reflejo de los problemas que sufre Iberoamérica. Problemas estructurales que se manifiestan en catástrofes como las provocadas por el Stan en Guatemala y El Salvador. Problemas de inestabilidad social y política como los que han impedido el viaje a España del presidente de Nicaragua. Problemas de desarrollo, como lo reflejan las cifras de paro, analfabetismo y pobreza de muchos países de la zona. Problemas de los que se puede hablar pero que se deben resolver.

La XV Cumbre Iberoamericana que se celebra en Salamanca quiere identificar los obstáculos que encuentran los países iberoamericanos en su desarrollo. Quiere también luchar contra el trabajo infantil y la pobreza, comprometer acciones específicas en materia de educación y para la mejora de la sanidad. Salamanca ofrece una oportunidad inmejorable para alcanzar esos objetivos, pero será una cumbre fracasada si no aprovecha también para mediar entre países enfrentados, para acercar posturas.

La ausencia de Fidel Castro se ha convertido, una vez más, en tema de conversación dentro y fuera de la Cumbre. El líder cubano atrae incluso cuando no está y, pese a que se anunciaba su presencia en un mítin que se celebrará este sábado, convocado por la Asociación de Solidaridad con Cuba, finalmente será de nuevo el gran ausente. Castro dejó de acudir a las cumbres iberoamericanas cuando éstas aprobaron -con su sola abstención- una condena al terrorismo de ETA. Fue en una cumbre en la que el presidente de Cuba y el entonces presidente de El Salvador se enzarzaron en un vergonzoso debate a propósito del apoyo que Cuba prestó a una de las partes enfrentadas en la guerra civil salvadoreña. Aquel espectáculo puso sobre la mesa el hecho incuestionable de que las relaciones entre países iberoamericanos son difíciles y, a veces, han sido irrespetuosas con los asuntos internos de algunos países.

Lo sucedido en aquella cumbre no se debe repetir. Para que Iberoamérica avance hace falta buena voluntad y un cierto grado de amnesia, lo mismo que permite la pacificación de países en guerra y la consolidación democrática. Expresar desacuerdo con el régimen político de Cuba no significa que se deba arrinconar a todo un pueblo; si el principio de la democracia es que se respetan las ideas del contrario, aunque sean opuestas a las propias, la Cumbre Iberoamericana debe dar ejemplo y concentrar sus esfuerzos en consensuar acciones a favor del desarrollo económico y social de los países del área. El acuerdo para pedir a Estados Unidos el fin del bloqueo a la isla es un buen paso en esa dirección, como también lo es el compromiso de controlar la aplicación del derecho de asilo para evitar que se aprovechen de él individuos implicados en actos de terrorismo.

Ha llegado la hora de la verdad, el momento de demostrar a los millones de iberoamericanos que sus gobernantes no sólo tienen voluntad sino que están decididos -y saben cómo hacerlo- a mejorar sus condiciones de vida.

jamartin@leondigital.com.es


 

 

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