|
Quienquiera que crea que con la llegada de la democracia, los gobiernos socialistas y el posterior del PP, la creación del Estado de las Autonomías y nuestro ingreso en la Unión Europea, la España "de charanga y pandereta" de la que se dolía Machado había desaparecido, se equivoca. Hay todavía una España profunda de gentes sencillas, aisladas y de costumbres a veces bruscas, y hay una España más profunda aún de funcionarios displicentes, administraciones ineficaces, servicios públicos inexistentes y empresarios que rozan la ilegalidad -cuando no se sumergen abiertamente en ella- con el indigno propósito de abusar de sus empleados; una España que choca con el discurso de modernidad que lanzan los políticos y que a los ciudadanos nos encanta oir porque nos hace soñar con que somos lo que no somos: una sociedad desarrollada, firmemente establecida en el siglo XXI.
En esta época de correos electrónicos y de información por internet, quien tenga que enviar una carta pasará una entretenida mañana en Correos haciendo amistad con otras personas que, como él, esperan pacientemente a que un único o, como mucho, dos funcionarios -que, además, aprovechan para estirar las piernas entre cliente y cliente- atiendan a los diez, veinte, treinta, cuarenta, cincuenta ciudadanos que desean depositar su correspondencia, enviar su dinero o mandar un fax. Y eso mientras media docena de puestos de atención al público permanecen vacíos o sin servicio.
Esta situación se repite con frecuencia en las oficinas bancarias, donde el cliente -da lo mismo que vaya a ingresar dinero o a sacar el que tiene depositado en su cuenta- debe esperar demasiado tiempo para ser atendido. O en los inútiles servicios de atención telefónica al cliente, creados más para cumplir con la legalidad que con el ánimo sincero de enmendar errores y mejorar la calidad de los servicios.
En el mundo laboral las cosas no son mejores. Que la gran mayoría de españoles tiene que trabajar para vivir es bien sabido, ya que la España que "va bien" -como insisten en recordar, sobre todo en época de elecciones, los últimos gobiernos- no permite aún a sus ciudadanos dedicarse al descanso, trabajar por placer y atender todas sus necesidades. Pero en el mundo del trabajo hay algunos empresarios que tratan de ignorar los derechos de sus empleados, a quienes exigen que soporten con estoicismo -si esta corriente la inventaron los filósofos griegos, no debe ser mala actitud- los abusos a que son sometidos. Empresarios que campan a sus anchas por el mundo económico, a cuyo desarrollo apenas contribuyen porque su objetivo es su riqueza personal; empresarios que actúan como lo hacen porque las leyes y quienes están encargados de hacerlas cumplir se lo permiten con su indiferencia.
León está enferma de todos estos males. El funcionamiento de Correos es penoso en su relación con el público, las esperas en los bancos se hacen a veces interminables y la calidad de los servicios que se prestan deja mucho que desear. Los servicios post-venta son dignos de un país tercermundista, no de una ciudad que aspira a mejorar su posición en el conjunto de España y que -según algunos regionalistas- debería ser capital de una comunidad autónoma moderna. Las mejoras ciudadanas se hacen esperar demasiado y entre muchos empleados se ha instalado una actitud conformista con los abusos laborales, que se contagia a los sindicatos y a los servicios de inspección con el argumento de que "en León hay poco trabajo" y, por ello, hay que conservar el que existe.
Esa actitud es errónea. Cualquiera que piense en plural -no sólo en su propio beneficio, porque sólo con el desarrollo de la sociedad mejorará la situación personal de los leoneses- debería trabajar en la mejora de los servicios y del empleo. Es necesario cambiar la percepción social, empezar a exigir responsabilidades -no sólo políticas- y fomentar la excelencia en todos los ámbitos. Mientras tanto, los anuncios de modernidad que periódicamente lanzan los dirigentes políticos se quedarán en simples deseos y León -como la "España de charanga y pandereta, cerrado y sacristía, devota de Frascuelo y de María; de espíritu burlón y el alma quieta" que definió Machado- seguirá siendo una ciudad alegre en las fiestas, seria en las iglesias e ineficaz en lo demás.
jamartin@leondigital.com.es |