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Como en el mejor de los westerns, el candidato socialista a la Presidencia de la Junta de Castilla y León, Ángel Villalba, ha retado al presidente del Gobierno autonómico y candidato del PP a la reelección, Juan Vicente Herrera, a un duelo al sol. Villalba quiere debatir con su oponente -"cuando y como quiera", advierte- sus programas electorales. La tensión se masca en el ambiente.
En este país tan dado a los duelos a muerte por amor -recuérdese, si no, el final que tuvo Mariano José de Larra-, los duelos dialécticos suelen provocar alergias. Se celebran pocos y, cuando se llevan a cabo, se transforman en una sucesión de críticas al contrario que se superponen al que debería ser el espíritu de todo debate: la explicación y defensa de los postulados propios.
Si, además, se considera que en unas elecciones municipales y autonómicas las cuestiones concretas se reservan para los comicios locales, no es difícil suponer que en en un hipotético debate entre Villalba y Herrera el protagonista sería Zapatero, el tema la unidad de España y el resultado, el divorcio permanente entre los postulados de uno y otro partido. Otra cosa sería un debate entre el actual alcalde de León, Mario Amilivia, y el aspirante socialista, Francisco Fernández. Porque a éstos se les podría exigir que hablaran de cómo acabar con los agujeros de las calles de la capital leonesa, de cómo mejorar la movilidad, de cómo sanear las arcas municipales... cuestiones todas ellas pegadas a la actualidad del leonés de la calle y a las que los candidatos deberían responder con propuestas concretas.
Aún así, sería bueno que los dos principales aspirantes a ocupar la Presidencia de la Junta debatieran sobre temas de trascendental importancia. Por ejemplo, del trato que el Gobierno autonómico da a las diferentes provincias de la Comunidad o del modelo territorial que plantean socialistas y populares, por no hablar de la presión fiscal o de los incentivos a la creación de empresas y, por tanto, de puestos de trabajo. Un debate centrado en cuestiones tangibles del interés de los castellanoleoneses sería bienvenido y necesario. Sólo falta que los dos contendientes acepten el reto.
En el cine, los duelos los ganaba el bueno. En política, los gana el candidato que mejor conecta con la ciudadanía. Los aspirantes han de superar el miedo a que su mensaje se pierda cuando aceptan debatir y, probablemente, ésa es la razón por la que se hacen de rogar tanto. En las últimas citas electorales se ha notado una preocupante falta de argumentos de los candidatos en los mítines, que es urgente corregir. Los políticos han de bajar a la tierra -sobre todo, en las campañas para los comicios locales y autonómicos- y dar respuestas concretas a las exigencias de los electores, asumir compromisos en relación con los cuales se les puedan pedir cuentas en la siguiente cita electoral.
Pero para eso hay que disponer de un programa elaborado, hay que tener la confianza necesaria en él para defenderlo y hay que demostrar valentía para presentarse ante los electores como un político responsable y comprometido con el bien común. Lo contrario es apego al sillón.
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