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Hubo un tiempo no lejano en que León sorprendía a sus visitantes por la amabilidad de sus gentes y la limpieza de sus calles. Hoy, la amabilidad de los leoneses no ha cambiado, pero la ciudad ya no puede -por mucho que lo intente- presumir de limpia. Basta pasear por sus calles mirando al suelo -costumbre que, por otra parte, no es gratuita, dada la proliferación de baches- para observar cómo en muchas zonas, y no sólo de ocio, los desperdicios siembran la ciudad.
Esta situación es más evidente después de las recientes fiestas de San Juan y San Pedro. Cabría pensar que las actividades festivas, la llegada masiva de visitantes y el derecho a la fiesta de los empleados de la limpieza urbana justifican que en aquellos días los papeles, las cáscaras de frutos secos, los platos y los vasos de un solo uso formaran una alfombra de suciedad. Pero es que dicha alfombra sigue extendida meses después de las fiestas y, además, la limpieza urbana no tiene derecho a fiestas. Es más, en épocas de aumento del turismo o de actividades festivas, los equipos de limpieza urbana deben ser reforzados para garantizar el buen aspecto ciudadano en cualquier situación.
La suciedad de las calles es más notoria en zonas de copas y, durante el verano, en las terrazas de los bares. El Ayuntamiento de León se gasta una importante cantidad de dinero todos los años para mantener la limpieza urbana. Las empresas concesionarias de este servicio dedican numerosos recursos a ese fin. Y, sin embargo, las calles siguen estando sucias. ¿Mal aprovechamiento de los medios puestos a disposición de la limpieza urbana o falta de conciencia ciudadana?
Que los leoneses y muchos turistas, sobre todo en zonas de ocio, olvidan su responsabilidad con la limpieza urbana es un hecho comprobado. Nada demuestra que sea más fácil, suponga un menor esfuerzo o esté mejor visto tirar una servilleta de papel al suelo que depositarla en la mesa donde se toma un refresco. Y lo mismo vale para las colillas de tabaco, los chicles o los envoltorios de caramelos. Quizá haya pocas papeleras en las calles de León, pero las que hay están suficientemente cerca de cualquier punto como para no justificar un comportamiento incívico. Tal vez haya que implicar a los establecimientos hosteleros en el mantenimiento de la limpieza de las aceras no sólo cuando cierran sus puertas sino durante todo el día. Puede que haya que poner en marcha campañas de concienciación para naturales y foráneos. Todos los medios serán insuficientes y necesarios.
Hay, además, otro aspecto importante. Las empresas concesionarias del servicio de limpieza urbana deben poner a disposición de la ciudad medios suficientes para la función que desarrollan. Cierto que en la zona central de León se ven barredoras mecánicas en funcionamiento, pero la ciudad no se acaba en los alrededores de la catedral y en la periferia es frecuente observar a operarios recogiendo la basura con la tradicional escoba. Es hora de modernizar los recursos en toda la ciudad y de incrementar los medios para que los leoneses y sus visitantes vean que las calles se limpian habitualmente. Los envoltorios de chicles y caramelos son ejemplos de comportamientos ciudadanos incívicos, pero las hojas secas sin recoger -este verano que la sequía ha adelantado el otoño para algunas especies de árboles- son responsabilidad municipal.
León aspira a rentabilizar sus posibilidades turísticas, a convertirse en referencia del turismo de interior nacional. Debe, por tanto, esforzarse por ofrecer una buena cara a sus visitantes porque después de levantar la vista para admirar la arquitectura catedralicia o de la basílica de San Isidoro, los turistas suelen mirar al suelo. Y las piedras lucen menos entre papeles, hojas secas y restos de aperitivos.
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